-Como ustedes saben, algunos profesionales
consideramos que un sector de la Ciudad de Buenos Aires reúne
las condiciones necesarias como para ser incluida por la UNESCO en la
Lista del Patrimonio Mundial, en carácter de Paisaje Cultural.
De hecho, desde fines del año pasado, Buenos Aires está
en la Lista Tentativa de UNESCO, lo que significa que nuestro país
ya la propone para que sea calificada como Patrimonio de la Humanidad,
aunque todavía falta la confección del dossier definitivo.
-La discusión sobre los posibles méritos de Buenos Aires
tiene que ver con la evolución de lo que consideramos como patrimonial.
Al principio, lo valioso era solamente lo que había sido creado
por los europeos en sus propios países (como el palacio de Versalles),
lo que hicieron los europeos en las colonias de ultramar (como el centro
colonial de Lima), o lo que se hizo recientemente, a imitación
de modelos europeos (como Brasilia). Y, por supuesto, alguna cosa pintoresca
de esas que existen en los países subdesarrollados, como el Taj
Mahal.
-Esto hace que al revisar la lista de bienes que son Patrimonio de la
Humanidad, tengamos un exceso de muestras europeas y una escasez de
representaciones patrimoniales de países del Tercer Mundo. Por
ejemplo, si bien la Convención del Patrimonio Mundial exige que
un bien sea único y excepcional para inscribirlo en la Lista,
los franceses se las arreglaron para declarar como Patrimonio de la
Humanidad a siete catedrales o grandes iglesias góticas, que
son: Chartres, Mont St. Michel, Amiens, Estrasburgo, Notre Dame de París,
Reims y Bourges. Todas ellas, por supuesto que con grandes méritos
artísticos, pero en este caso la UNESCO olvidó que la
Convención pide una sola. Si agregamos varias iglesias góticas
semejantes de Alemania, España e Inglaterra, nuestra pequeña
lista de duplicaciones góticas europeas se engrosa bastante.
-En cambio, UNESCO casi no tiene representadas las ciudades latinoamericanas
que se desarrollaron a fines del siglo XIX.
-Se trata de poner en cuestión ese pensamiento eurocéntrico,
para el cual sólo lo que producen las metrópolis es valioso.
-Al mismo tiempo, la noción de lo que consideramos como patrimonial
ha ido variando, tanto en lo que hace al patrimonio natural como al
patrimonio cultural. Al principio, lo patrimonial era solamente lo hermoso,
y esa belleza estaba medida con los ojos de la cultura europea. Cuando
el perito Francisco P. Moreno donó las primeras tierras en la
zona del Nahuel Huapí para hacer un Parque Nacional, puso el
acento en la belleza paisajística del lugar, para que fuera apreciada
por las generaciones futuras. Y durante décadas, las comparaciones
con los paisajes de Suiza fueron inevitables.
-Pero hoy tenemos un Parque Nacional en Lihuel Calel, que protege un
ecosistema mucho menos escenográfico, pero que sin embargo merece
ser protegido. Esto ocurre porque quienes trabajan con el patrimonio
natural aprendieron que no existen ecosistemas de primera y ecosistemas
de segunda, en función de que unos son lindos y otros son feos,
sino que los criterios de protección deben ser más amplios
y complejos.
-Las personas que trabajan con el patrimonio cultural están aprendiendo
lo mismo. Se está poniendo el acento en la excepcionalidad de
una obra o de un paisaje, antes que en su parecido con aquellas cosas
que la cultura oficial califica como bellas.
-Una mirada despojada de prejuicios puede hacernos valorar a Buenos
Aires por lo que es, y no por lo mucho o poco que pueda parecerse a
París.
• Buenos Aires es el punto de encuentro entre el Río de
la Plata y la pampa. Es la única gran ciudad del mundo que se
encuentra a orillas de un río del cual no puede verse la otra
orilla. La característica de paisaje marino, pero de agua dulce,
tiene un carácter de excepción.
-Al respecto, vale la pena superar ese lugar común que define
a Buenos Aires como "la ciudad de espaldas al río".
Se trata de una expresión de Le Corbusier, quien quedó
muy molesto cuando nuestra Municipalidad le rechazó el absurdo
proyecto (formulado en 1939) de construir una serie de islas artificiales
sobre el río para llevar allí la Bolsa de Comercio y la
City bancaria.
-Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Buenos Aires ha
existido en función del río y su puerto ha marcado el
ritmo de su vida a través de los siglos. Por algo sus habitantes
se llaman a sí mismos porteños. Sólo que esa relación
con el río ha sido diferente que la que podría haber surgido
de tener una avenida costanera tradicional, como ocurre en Montevideo
o Mar del Plata.
-Buenos Aires tiene un intenso uso portuario de su ribera, pero además
esa costa es un fuerte determinante de la identidad de los porteños.
En muchos sitios se recuerda que "los argentinos descienden de
los barcos". Esa identidad diversa, resultante de la mezcla de
innumerables identidades diferentes, tiene, también, una característica
cultural única. A menudo pedimos a nuestros visitantes del exterior
que revisen una guía telefónica de la ciudad y se asombran
de la diversidad de orígenes de los apellidos. O los hacemos
caminar por la calle Libertad, entre Tucumán y Córdoba:
allí pueden ver, juntos, un teatro de tipo italiano, una sinagoga
y un teatro de tipo español.
-Esta heterogeneidad tiene mucho que ver con la enorme vitalidad cultural
de la ciudad. ¿Somos capaces de ver lo que implica lo que tenemos
delante de los ojos todos los días?